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30 de Marzo de 2016 Visitado 4576 veces

El trabajo infantil en Bolivia impacta al mundo

Analizamos las causas de una ley que ha escandalizado al mundo.Es tan solo un adolescente, pero lleva 14 años trabajando. Vladi ahora es lustrabotas, pero también ha sido peón, albañil, montador de muebles y minero.


El trabajo infantil en Bolivia impacta al mundo

Los niños mayores de 10 años pueden trabajar en Bolivia. Los pequeños cuentan hasta con su propio sindicato.

Analizamos las causas de una ley que ha escandalizado al mundo.Es tan solo un adolescente, pero lleva 14 años trabajando. Vladi ahora es lustrabotas, pero también ha sido peón, albañil, montador de muebles y minero.

Hasta donde recuerda, siempre ha trabajado. Sin embargo, su trabajo más importante le tocó con apenas 13 años: ser el padre y la madre de sus cuatro hermanos pequeños y de sus dos primas. Es el cabeza de familia desde que sus padres desaparecieron, hace seis años. En algún lugar estarán, dice Vladi. La madre se fugó. El padre está en una mina de oro en Perú, o ebrio, no lo sabe muy bien. En cualquier caso, Vladimir Gonza Fernandes, de 19 años, lleva seis sacando adelante él solo a su familia a base de muchos empleos y pocas horas de sueño.

Ahora ya no está solo en la tarea. Sus hermanos Henry, de 12 años, y Christian, de 15, trabajan en una fábrica de muebles y su hermana Sonia, de 17, despieza pollos en un matadero. Lizeth, de 14, se gana un sueldo como camarera y cuidando niños; y las pequeñas, Juana, de siete, y María, de nueve, hacen pulseras. En total, Vladi y sus hermanos suman 32 años de trabajo infantil, 20 empleos en 12 sectores distintos.

Regulación

Muchas personas consideran que el trabajo infantil es un delito, una plaga devastadora. Bolivia cuenta desde el año pasado con una nueva ley que ha espantado a muchos. La ley permite trabajar como autónomos a los pequeños a partir de 10 años y como empleados por cuenta ajena a partir de los 12. No es que antes todo el mundo respetara la prohibición, ni mucho menos. Tampoco es nada que no suceda en India o Bangladesh.

En todo el mundo hay más de 168 millones de niños trabajando. Pero Bolivia, el país más pobre de Sudamérica, ha sido el primero en plantear a la comunidad internacional una serie de preguntas provocativas: ¿tienen los niños derecho al trabajo? ¿Las organizaciones internacionales tienen derecho a prohibirles trabajar? Y la que quizá sea la más importante: ¿qué es una buena infancia? ¿Y a quién le corresponde definirlo?
Vladi vive en el asentamiento de Río Seco, cerca de La Paz, donde no llegan los carteros y rara vez la Policía.

Muñecos de trapo, colgados de una farola, saludan al visitante. "Es un aviso para los delincuentes -explica Vladi-. Al que roba aquí lo linchamos los ciudadanos”.

¿Linchar? Le pregunto. "Lo rociamos con gasolina y le prendemos fuego. Aquí no hay Policía, así que nos encargamos nosotros”.

¿También tú? "También yo. Todos los mayores de 18 años”, dice. Y a continuación se hace él mismo una pregunta fundamental: ¿cómo es posible regular el trabajo infantil cuando no se es capaz de castigar los crímenes?
Vladi y sus hermanos viven en una habitación sin luz, que es al tiempo cocina, salón y dormitorio. Las chicas duermen en otra sala. La temperatura es de siete grados, los niños llevan puestos jerséis de lana. Hacen las labores de la casa a primera hora de la mañana, antes de salir al trabajo; al colegio solo van por la tarde.

En el plano laboral, su familia abarca todos los sectores. Vladi, limpiabotas, es trabajador autónomo, gana cinco bolivianos por cada par de zapatos. Sonia despieza pollos por unos 1.200 bolivianos al mes, muy por debajo del salario mínimo. Los dos más jóvenes trabajan de forma ilegal en una carpintería y ganan 600 bolivianos cada uno.

Hacemos las cuentas y les decimos que solo ganan nueve bolivianos la hora. Parecen sorprendidos. Ellos no lo ven así, dicen. Están agradecidos por el trabajo. Es lo que les permite vivir. Sí, pero ¿qué tipo de vida?
Dignidad y orgullo

Vladi cree que la pregunta es arrogante. Para él, el trabajo es como un paraguas protector. "Nos salvó de que nos mandaran a un orfanato. Me ha dado dignidad y orgullo”. Al final de nuestro primer encuentro nos quedamos con una frase tan contundente como dolorosa: "Todo lo que soy, lo soy gracias al trabajo infantil”. Pero la cuestión es: ¿qué otra cosa podrías ser si no? "¿Si no? -pregunta-. No hay si no”.

Acompañamos a Henry, el hermano pequeño, por las calles de Río Seco. Henry corta madera para hacer patas de mesas. Aquí no hay medidas de seguridad ni de protección, y por la noche Henry tose y escupe aserrín y fibras de madera. "Es un empleo fijo”, dice con orgullo. Su jefe le paga la mitad de lo que le daría a un adulto. Las patas para hacer mesas se las vende a un intermediario brasileño que a su vez las exporta a Europa. "Es un acuerdo bueno para todos”.

Se puede ver así. O de otra manera: Henry es explotado para que los europeos puedan comprar muebles a precio de ganga.

En Bolivia, un país rico en materias primas, vemos a niños trabajando por todas partes. En la ciudad minera de Potosí, nos encontramos con niñas de 10 años como Tania, que desmenuzan piedras. En La Paz acompañamos a Fredi, de seis años, que limpia zapatos con su hermano mayor. En este país trabajan 850 mil niños y adolescentes.

El sindicato infantil Unatsbo tiene su sede en La Paz. Allí nos hablan con orgullo de haberle ganado un pulso a Unicef. Creen que en el Primer Mundo tenemos opiniones prefabricadas. No se puede prohibir el trabajo infantil mientras haya familias en la miseria, dicen. Por eso, los niños deben organizarse para garantizar que les den un salario decente.

 
Imágenes tomadas de la Fuente o de Internet.



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